6 feb. 2017

ÉBANO


El olor acre y espeso del humo de decenas de cigarrillos quemándose simultáneamente, castigaban la nariz y los ojos. El parloteo incesante de los borrachos que abarrotaban esa noche el lupanar, no dejaba ni una rendija donde pudiera asomarse y fugarse algún sonido claro. La música estridente del bajo eléctrico, el teclado y el canto destemplado del cantante del grupo que animaba el ambiente noctámbulo, contribuían a que el sitio aquél se convirtiera en un verdadero pandemónium. Algunas parejas simulaban bailar al compás de los acordes de la melodía en turno. El pretexto era bueno. Se balanceaban y se abrazaban tan apretadamente, que tal pareciera que quisieran amalgamarse. Ellos, usando los brazos como hamaca, les sostenían las asentaderas, más bien se las cargaban cual si fueran un fardo pesado y voluminoso, para deslizarse más ligeramente como un solo bulto, al ritmo del Cangrejito playero, cuya letra trabajosamente se entreoía:

¡Ay!, cangrejito playero, 

que camina en la arena,
va bujcando laj nenaj
que se van a la playa,…

Ellas se dejaban conducir complacientes y provocativas, con la esperanza de que los clientes se convencieran de su auténtica calidad de meretrices y conseguir algún ingreso por sus servicios.

Termina la pieza musical y el animador del antro, con el micrófono y el sonido a todo volumen, anuncia:
-¡Damas y caballeros! ¡Buenas noches! Su centro social consentido y el de más arraigo y popularidad en el Puerto de Acapulco, les da la más cordial bienvenida y les agradece infinitamente su preferencia. Comprometidos con esa predilección, noche a noche les traemos diversión y entretenimiento de excelente calidad, para seguir gozando de su confianza. Esta ocasión no podíamos fallar a ese compromiso, y tenemos el gusto de presentarles a la estrella de este negocio, ¡A la única! ¡A la incomparable! ¡A la morena de fuego traída directa y expresamente de las selvas brasileñas para el deleite de ustedes! ¡A la cruza perfecta de pantera y anaconda! ¡Para que sus pupilas se den un agasajo de belleza y voluptuosidad! ¡Para que hasta el hombre más gélido se derrita de pasión y concupiscencia en esta noche propicia para el amor y los placeres mundanos! Sin más preámbulos aquí está la estrella luminosa de este centro nocturno:… ¡Ébano! ¡Aplausos generosos para recibirla!
De una puerta ubicada al fondo del escenario, protegida por unas cortinas ralas como telón, aparece deslumbrante y felina, una joven y hermosa mujer morena, luciendo un vestido largo de color brillante y resplandeciente de lentejuelas, realizando unos movimientos cimbreantes y ostentando un peinado extravagante que deja ver su melena cuculuste y alborotada. 
Los asistentes se desgranan en aplausos y en gritos de júbilo, y los ojos expectantes la buscan queriendo asirla por un momento o quizá para siempre en el mohoso arcón de su memoria perturbada. ¡Éébaanoo! ¡Éébaanoo!... ¡Quieeero!... ¡Mamacitaaa!... ¡Aquí ejtá tu muchitooo!, se escucha desaforadamente en todo el recinto.
La atractiva y juncal morena, comienza a contonearse al compás de una melodía sensual que como fondo musical le tienen preparada, y ante los vítores de sus admiradores, empieza a aligerarse de ropa hasta quedar con un minúsculo triángulo oscuro en las partes pudendas.
Los hombres gritan frenéticos y sin control alguno, queriendo acercarse a la pasarela para tocarla, para cerciorarse de que es una visión real y no una alucinación producto de su borrachera, ante los esfuerzos obcecados e inútiles de los guardias de seguridad por impedirlo. La exuberante mujer, con movimientos repasados y aprendidos a fuerza de practicarlos continuamente, se desplaza por toda la pista como una visión apocalíptica por el centelleo de las luces. Sus movimientos se hacen más frenéticos y lujuriosos, y la concurrencia en su mayoría masculina gritan como poseídos y ya embrutecidos por al alcohol que para esas horas de la noche, inunda su torrente sanguíneo y su cerebro.
Finalmente cesa la música y la danza. La bailarina, el juvenil cuerpo perlado de sudor, con un pasito de gacela asustada, emprende su retirada rumbo al camerino.
El animador del espectáculo, solicita una ovación para ella, y los aplausos resuenan en las paredes y en los oídos de los asistentes.

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En un lugar distante del centro de diversiones descrito, en un pequeño pueblo también enclavado en la franja costera, un mediodía agobiante por el calor del mes de mayo, cuando los cuerpos se derriten en gruesas y saladas gotas de sudor que escurren caprichosas por las mejillas, por el cuello, por la espalda,… dejando la ropa empapada como si les hubiera mojado un aguacero y con un olor picante a macho cabrío.

En una casita cercada de palos y techada con palma real, una mujer costeña, joven todavía, con un cigarro encendido entre los labios, hecho de tabaco de punta de la región, envuelto en totomoxtle suave, exhala en bocanadas el penetrante humo como si fuera el vapor que arroja un jarro de café en plena ebullición.
Ensimismada en sus labores, no advierte que otra mujer se acerca de frente a la puerta abierta, construida de varas de cuahilote, reaccionando hasta oír el saludo y reconociendo por la voz a su prima Juana.
- ¡Buenoj díaj, prima Cata!- Saluda la recién llegada- ¿Cómo haj ‘tao? Fui a bujcá unoj sacamichej con Odilón, pa hacele el chirmolito que tanto le gujta a mi viejo y máj ‘hora que ‘tá crudo, y dije: - Vo’ a saludá a Cata ‘hora que tengo tiempo.
- ¡Graciaj, prima hermana! – repuso Cata y continuó: - También a mi me da gujto que me vesitej. ¿Y sí jallajte loj michej? Porque en vecej sólo tiene cuatetej o popoyotes secoj- 
- ¡Sí, manita, jallé! Tan frejcoj. Recién asaoj. L’otro día le merqué unoj y ya tenían la cabeza jirviendo de gusanera y ‘taban hajta jediondoj. ¿Y tú ya pusijte a jervé loj chipilej? – preguntó curiosa Juana.
- ¡No, Fanita! ‘Toy atrasada con la comida. Pero ‘horita le jiervo manque sea unoj güevitoj y con el chirmole que hay, acompleto el guiso.- Contestó un poco más animada Cata.
- ¿Y ´hora por qué ese atraso, mujé? Ponte bien, porque si se encabrona tu marido te va a dá una pela que hajta vaj a implorá a la corte celejtial. Ya vej que luego, luego se pone bronco –repuso preocupada la prima.
Cata, sin descuidar su laborioso trabajo, le dice:
- Va a tardá. Dejpuej de la roza, se iba a i’ al encierro, que ‘ta a la orillaj del ríu, a apersogá a la burrita mora.- Luego continúa-: -Ej que he ‘tao ocupada dende hace varioj díaj quitándole laj cuentitaj a unos vejtidoj que me mandó m’ija Chejua de Acapulco. ¡Uta, qué vido! ¡Y cómo tienen cuentaj! ‘Tan tupiditoj por todoj laoj.
Curiosa, Juana revisa con la mirada el vestido de color llamativo que mantiene atareada a su parienta, y comenta con tristeza y envidia:
-¡Ay, yenta! ¡Qué bueno que tu hija se acuerda de mandate algo! Porque mis’ijoj ni se acuerdan quen loj parió! Doj ‘tan en El Norte pero como si no tuvieran nana ni tata! ¡Ni recuerdoj mandan loj desagradecidoj!- aspirando aire para no ahogarse y controlar sus emociones, remata-: Y loj de aquí a’i se rebujcan en el chagüe, pero pa’ elloj, puej.- Al concluir sus ojos se le llenan de lágrimas.
Cata, queriendo consolar a su prima, y también con un dejo de orgullo, contesta:
- ¡Ay, tú! ¡Un día se van a acordá de ujtedej! Lo que sea, pa’ qué vo’ a dicí que no, Chejua siguido me manda mij cobritoj pa’ i’la pasando. Y munchoj de ejtoj trapoj que ya no loj ocupa. Puej, según me dice en suj cartaj, casi del diario tiene que ejtrená por necesidá de su trabajo.
Juana, colocándose las manos en la cintura, con los ojos y la boca, inquiere:
- ¿Y de qué trabaja mi sobrina Chejua, tú? Ya hace tiempo que no la miro, debe ‘tá chulota. Porque ya se v’ía que iba a sé bonita! Porque lo que sea de cada quen, y le punce a quen le punce: la juamilia tiene lo suyo en eso de la bonitura-. 
Remarca la última palabra, con presunción y satisfacción, haciendo inmediatamente silencio para dar tiempo a que su “yenta” le responda.
Cata, antes de contestar, ladea la cabeza y avienta con fuerza un escupitajo espeso y amarillento por el tabaco, como si con ello expulsara desde el fondo del alma su amargura y resignación, y exclama franca:
- ¡Ay, manita!… ¡Su trabajo ej enseñale el perico a los’ombrej!
Autor: Ing. Abel Emigdio Baños Delgado