1 feb. 2017

MACHETE NUEVO



Cuando cumplí los ocho años, me sentía todo un hombrecito y mi mayor ilusión era estrenar un machete. Para muchos chamacos de la cuadrilla , de mi edad, sus sueños eran otras cosas. Algunos soñaban con tener un pantalón, aunque no fuera nuevo, pero al fin, un pantalón. Como andaban chirundos , refrescándose las partes pudendas a mañana y tarde, Maximiliana, la vendedora ambulante de carne de res del pueblo, amenazaba con caparlos si llegaba a verlos en su desnudez. 
Y el cuchillo que portaba estaba descomunal e infundía miedo y respeto, porque además, los destellos que despedía dejaban adivinar que estaba bien afilado. Otros, anhelaban ponerse un par de huaraches, pues cuando iban por la leña a los espinales, era común que regresaran con una enorme espina clavada en el calcañal o en cualquier parte de la superficie plantar; lo mismo les sucedía cuando realizaban la junta de ramas, después de quemada la roza: algún tronquito puntiagudo de las hierbas cortadas, en forma artera y traicionera se incrustaba en el pie. ¡Y vaya que dolía! Unos más, se ilusionaban con que sus padres los llevaran a ver a “Tatachú” a Huaxpala o a la virgencita divina, a Juquila .
Tales deseos, a mí no me atraían en lo más mínimo, ni me hacían falta. Cuando Maximiliana intentó caparme, en una ocasión en que andaba chirundo jugando en el patio, corrí a lo que daban mis cortas piernas y me escondí tembloroso debajo de la cama de mecates. En seguida salió de la cocina tía Casilda, encargándose de reclamarle y mentarle la madre porque me había asustado. Ya no le quedaron ganas de amenazarme otra vez, pues a mi tía la respetaban y le temían. Les infundía miedo porque era corajuda y en un dos por tres, les endilgaba una larga letanía de palabras soeces. Y de verdad era buena para decir leperadas; las mentadas de madre eran las que mejor le salían. En su boca, con la intención y con el sonido que les imprimía, se oían musicales y cantarinas. Hasta les daba gusto a mis paisanos que se las mentara. Incluso, algunas personas la provocaban, para que les recordara a la progenitora y lo celebraban con gritos y carcajadas. Por lo demás, desde entonces, como medida precautoria, al levantarme, me ponía mi pantalón, aunque desentonaba con mis compañeros de juego, por la costumbre generalizada de mis coterráneos, de traer el rabo al aire libre.
En cuanto a los huaraches, tampoco eran objeto de mi preocupación. Aunque la mayor parte del tiempo permanecían colgados o debajo del catre de mi madre, los “patas de gallo ”, protegían mis pies cuando iba al monte o a apersogar la burra prieta al encierro. Lo único desagradable de ellos, era cuando se mojaban trayéndolos puestos: se reblandecían y al pisar, se les doblaban los talones hacia abajo, dificultando el tranco. Además, despedían un tufillo desagradable, pues eran fabricados del cuero crudo de alguna res que llegaba a morirse en los huamiles por alguna enfermedad desconocida por todos los lugareños.
En lo referente a la fiesta de Huaxpala, tampoco me motivaba en lo absoluto. Ya me había llevado una vez mi madre, a la fiesta del cuarto viernes de Cuaresma. El hecho de caminar descalzo cinco horas para cubrir la distancia, no tenía ningún atractivo. Para colmo, el recorrido era por una brecha angosta, y pedregosa al transponer los lomeríos; después, irse tropezando y magullando los dedos de los pies, con los pedruscos del camino y al arribar al pueblo, desfallecidos y derrengados, todavía había que buscar donde hospedarse, que invariablemente era bajo la sombra de algún frondoso tamarindo, donde nos protegíamos, del sol en el día y del húmedo sereno en las noches. Luego, me venía el desagradable recuerdo de la defecación: había que hacerlo en las orillas de la población, donde terminaban las casas y empezaba el monte. Al amparo de algún mogote, de las hierbas o de las rocas prominentes, comunes en el sitio. Encontrar un espacio libre de excrementos era una suerte. Toda la superficie estaba tapizada de ellos. Se hallaban de todas las formas, de las tonalidades más raras jamás imaginadas y de los olores más exóticos y desagradables. Unos ya secos. Otros todavía frescos y humeantes. Se tenían que hacer verdaderas suertes de equilibristas y de bailarines de ballet clásico, para no pisarlos: caminar de puntillas, zigzaguear y pegar brinquitos a tramos. Y el olor, ¡Dios mío!, resultaba un verdadero castigo al olfato ir a tirar el desperdicio de la digestión. Por la visita y la estadía de los miles de romeros, abundaban a tal extremo las evacuaciones diseminadas en el pueblo, que los pocos puercos con que contaban, estaban hartos y saciados: ya no tenían la capacidad de engullirlas a plenitud y hacer su labor de agentes de salubridad. No, Huaxpala, definitivamente ya no entraba en mis planes de volver a visitarlo.
En lo concerniente a Juquila, tampoco me ilusionaba. Nunca había ido a rendirle culto a la virgencita milagrosa venerada en este santuario; pero sabía, por pláticas de los que habían hecho la peregrinación al lugar, de las peripecias y dificultades obligatorias que había que sortear para llegar: imaginar la caminata de cinco días de ida y otros tantos para el regreso; solicitar posada al anochecer en cada pueblo que se pasaba, para dormir en los corredores de las casas o en los patios; conseguir pastura para los animales que se encargaban de transportar el bastimento; comer diariamente tan sólo totopos con sal quemada y remojados en caldo de pescado seco, mataba el mínimo deseo y la curiosidad que pudiera albergar allá en lo más recóndito de mi fe religiosa, que por cierto no era muy profunda. Para hacer las necesidades fisiológicas era la misma situación que en Huaxpaltepec: al aire libre y atosigado por los puercos hambrientos. También había oído decir que por allá, el frío cala los huesos, pues el poblado está ubicado en las faldas de la montaña. De frío solamente conocía la frescura con que amanece en mi solar nativo, en los días de diciembre. No podía imaginar qué era sentir realmente frío, pues comentaban mis paisanos que acudían el ocho de diciembre a la fiesta religiosa, que hasta les castañeteaban los dientes y se les enchinaba el vello corporal, cuando se aventuraban a bañarse en el río que recorre mansamente su camino hecho durante siglos por las orillas de la población. 
No, yo deseaba vehementemente estrenar un machete. En mis sueños, ya me veía la mano derecha armada con esta poderosa herramienta, cortando de “a cuajo ” hierbas, arbustos y árboles, a diestra y siniestra. Y todos me verían con respeto. Como un hombre.
Por ser “muchito ”, normalmente me dotaban de machetes viejos y gastados por el uso, y por la piedra de amolar, que dos o tres veces al día les iba carcomiendo el acero hasta dejarlos chiquitos. A veces me daban un chundo romo, resto de un machete grande, roto por el duro corazón del huizache, al que le dedicaba un buen tiempo en adelgazarlo para que le brotara el filo necesario para cortar aunque fuera bledos.
Dada mi naciente y agudizada vanidad de hombrecito, sentía una lastimera y ofensiva humillación, heredar esos desechos de machetes. ¡Siempre chundos viejos! ¿De qué servía, pues, mi esfuerzo y mi lucimiento cuando desyerbaba la milpa y el frijolar? Si la gramilla estaba tupida, sus delgados tallitos como lombricitas se enterraban y se perdían entre el suelo húmedo. Los cortaba a flor de tierra y con el gancho los tendía al sol, para que se secaran y no volvieran a enraizar. Si eran bledos, verdolagas, yuncas, malvas y quelites, entonces soltaba el brazo al tirar el golpe y el machete corría suavecito, rebanándoles el cuello y a veces, también decapitaba a las plantitas de maíz. El gancho, como el peine de un peluquero, iba acomodando y acostando a las hierbas para que el machete hiciera su labor criminal de limpieza; asimismo, protegía como un escudo al pie, al empeine o al tobillo de un corte artero, cuando la hoja de acero no encontraba su objetivo y desahogaba su furia en lo que encontraba a su paso.
Por fin, un día al anochecer, a mi regreso del chagüe , me llevé la gran sorpresa: mi madre, sonriente, me mostró y me entregó un envoltorio largo y angosto. Rompí con dedos trémulos el periódico que lo cubría y ¡qué felicidad!, un machete nuevecito me sonrió con alegres destellos al reflejarse en su cara plana y aceitada, los rayos luminosos de la mecha del candil de petróleo. Era de herrero. Forjado a puros marrazos y a fuego vivo. Sólo miré a mi progenitora con ojos agradecidos y emocionados por el precioso regalo que me había traído ese día del pueblo, adonde había ido a vender dos cargas de maíz.
Mi alegría era tan inmensa que no me permitía dejar de admirar mi hermoso obsequio. Lo miraba parado gallardo y recargado en la pared, al lado de la cama. Luego lo volvía a ver como para confirmar que era una realidad. Su cacha en forma de cabeza de culebra, con la boca entreabierta, parecía que me sonreía amistosamente, como si fuéramos viejos conocidos. Cuando la empuñé la sentí rasposa, algo roñosa; pero ya me encargaría de dejarla lisita, suavecita, tallándola con hojas de tlachicón .
Esa noche no dormí bien. Me parecía que los chipotes del piso, se me clavaban como puñales en el hueso ilíaco, en la espalda, en el pecho. Sentía algo parecido a piquetes de chinches, en varias partes del cuerpo. Pero recordaba que ese día habían asoleado los petates; también, habían bañado con agua caliente los hoyos y los resquicios de las camas de mecates, que eran los refugios de estos terribles y molestos parásitos. Entonces, no eran chinches. Por fin, después de escuchar varias veces el canto de los gallos de tío Agustín, de tío Juan Ayona, de tía María Corcuera, de mi hermano Fidel (le llamaba hermano porque era ahijado de boda de mi madre) y de varios vecinos más, logré conciliar el sueño. De tanto oír noche a noche, y puntualmente el ostentoso, estentóreo y presuntuoso canto de los gallos, identificaba con precisión el estilo y el timbre de cada uno. Roncos, agudos, largos, cortos, sonoros, destemplados, melodiosos,… Sabía qué gallo era y a quién pertenecía. A veces me ponía a jugar con mis pensamientos, acompañado de ese concurso de voces y de retos.
Nada más se retiró la oscuridad, corrí a casa de tío Loño, el especialista del pueblo en sacarle filo a los machetes nuevos. Tenía una piedrota de amolar bajo la tupida sombra de un toronjil. De tanto usarla estaba medio pandeada; ya tenía una gran comba en el plano superior. Tío Loño no conocía las limas ni los esmeriles. A pura fuerza y paciencia, después de ocho horas de estar talla y talla el machete sobre la áspera cara de la mole rocosa, los dejaba con un filo como de dientes de ratón. El suyo siempre lo traía afilado hasta el regatón. Lo sujetaba de la cacha con la mano izquierda y hacía descansar el lomo en su antebrazo. Con el regatón se cortaba los callos y se sacaba las espinas clavadas en los talones. O bien pelaba un mango sazón, una naranja, una lima, una chiquiyuma tierna, o limpiaba y sacaba punta a cualquier palo. El machete era como una extensión de su brazo. Era como una prótesis a la que estaba acostumbrado, como si hubiera nacido con el machete en la mano diestra.
A través de sus largos y disparejos bigotes, ahumados por el cigarro de tabaco envuelto en totomoxtle , que pocas veces se quitaba de los labios, me dijo cariñosamente:
− Entrandito el sol vienej por él.
− ¿Y cuánto va a sé, tíu Loño? −, pregunté inquisitivo.
− Luego hacemoj cuentaj, muchachón − respondió cerrándome un ojo, con una franca sonrisa y mostrándome su dentadura chimuela .
Este hombre quería mucho a mi familia, pues había sido gran amigo de mi padre, quien le había enseñado a descifrar los signos del silabario y de los libros. Después de asesinado éste, nos visitaba periódicamente, para saber nuestro estado de salud o simplemente para platicar.
Volví en la tarde, emocionado y nervioso. Al verme, se metió a su bajareque y salió inmediatamente después con el machete, diciéndome:
−Aquí ‘tá el encargo, m’íjo. Cuídate de no rebanate el pie, y no ej nada, ¿eh?
Apenas si le di las gracias. Lo tomé con las dos manos y lo miré por una cara; luego, por la otra. El filo destellaba millares de lucecitas que parecían pequeñas luciérnagas errantes que se posaban, volaban y luego volvían a reposarse graciosamente en su extensión.
¡Con qué gusto llevé el objeto de mis sueños a la casa! Presumido y ufano, miraba para todos lados para ver si mis amigos, algunos familiares o los conocidos, ya se habían dado cuenta de lo que llevaba en la mano derecha.
Otra vez medio dormí en la noche. La impaciencia por querer probar el filo recién logrado, me inquietaba. Cuando los gallos avisaban insistentemente y en coro, la proximidad del Astro Rey, me levanté. Empuñé y levanté el bello presente. Lo sopesé y quedé satisfecho con la prueba. No había ninguna duda: podía con él. Lo dejé parado cerca de la puerta de la salida del corral y le eché una mirada de reojo para admirar su apostura. Refrené mi ímpetu de irme de inmediato a la parcela, porque tenía que llevarme las tortillas. El almuerzo y comida de mi hermano mayor, quien se había adelantado en el viaje al encierro. Nada más me entregó tía Casilda la yinutuca con el itacate , salí desbocado como potrillo liberado de la reata. A pesar de llevar dobladas las tortillas, la salsa espesa con que habían sido rellenadas, despedía un humeante, sabroso y penetrante olor a ajos.
Cuando llegué al chagüe, con prisa colgué del tocón de una rama la pequeña redecilla con el fardo de tortillas de mi hermano, y me dirigí a la camalotera . ¡Con qué coraje atacaba! ¡Con qué brío salía disparado el machete cercenando gruesos tajos de pasto! Azotaba la cara plana con fuerza contra el suelo, para que se escuchara el impacto seco y sonoro a muchos metros de distancia. Quería que todos los circundantes vieran y oyeran que tenía bien merecido ese premio. Que ya era digno de esa confianza y que sabría desquitar el costo con creces. Demostrar que mi etapa de niño cuidador de zanates había quedado atrás. Gritar que vigilar y ahuyentar a esas molestas y dañinas aves, para que no sacaran los granos o arrancaran las matitas de maíz, era oficio de niños. No de un “hombre” como yo.
Trabajé durante todo el día con tal denuedo y entusiasmo, que en la noche no podía dormirme por lo cansado que estaba. No me acomodaba en ninguna posición en el petate. Sentía muy pesado el brazo derecho, desde la mano hasta el hombro. La cintura y la espalda también estaban adoloridas y engarrotadas. Una ampolla que me brotó en la palma de la mano, se me reventó durante la faena. Dada la emoción del momento, no le hice caso, pero ahora me producía agudas y dolorosas punzadas al ritmo de los latidos del corazón.
Al fin el sueño pudo más que mi cansancio y traspasé las barreras de lo consciente… Me vi machete en mano, entre las nubes, como héroe mitológico, cortando rabiosamente un gigantesco árbol, cuyas ramas y espeso follaje amenazaban con tapar totalmente la luz del sol.
Autor: Ing. Abel Emigdio Baños Delgado