5 may. 2017

Los Cangrejos vienen con la lluvia. (Para Alma)

La primera lluvia por muchas razones era evangélica. Estoy hablando de mi infancia cuando mi padre, como Aureliano Buendía de la Costa Chica Oaxaqueña me llevó a conocer el mar y los cangrejos morados que salen de sus madrigueras cada año, a veces con mucha impuntualidad. Pero cuando la primera lluvia cae no hay pierde, dijeran por acá.
Nada más comenzaba a tronar el cielo iniciaba una diáspora de mixtecos con recuas de burros y mulas a bajar de la sierra, cargados de redes con totopos, grandes tortillas deshidratadas, rumbo a los bajos donde habitaban los negros de mala fama y morenas de caderas redentoras.

Pasaban por Huazolo, Poza Verde, El Potrero, la Boquilla. Ahí bajo las ceibas y guanacastes podían permanecer días, semanas, hasta que el Supremo soltara la lluvia y bendijera el suelo seco como los cuero de vaca salados y secos que almacenaba mi padre en el corral trasero de la casa para venderlos o intercambiarlos por ajos y cebollas con los mixtecos que llegaban a la fiesta del quince de agosto.
Hay veces que la lluvia se atrasaba y las redes de totopos se secaban, las palmas de coco alimentaban los vientres de los que esperaban y no querían regresar pobres , sin cangrejos, a sus casas donde la esperanza era infinita y se ensalibaba cada segundo la ausencia de los hombres.
Después a esperar a que los crustáceos caminarán hacia la playa y zaz!!! A la yonotuco . Luego el regreso con buena o mala fortuna. Vendías algunos, otros los regalabas a tus compadres. Los más a guardarlos en  grande ollas de barro que como oscuras y húmedas celdas retenían a estos prisioneros encaramados que nunca sabrían lo que era la reproducción; y alimentados con tortillas frías y hojas de palo de ciruelo esperaban la hora de ser perforados con sus mismas tenazas y convertirse en el platillo de la añoranza a lo largo del año. 
A mamá Tola le duraban meses, casi todo el año, ya de nuevo el cielo nublado y con las nuevas lluvias anunciándose ruidosamente hacia el lado del mar, ella aún tenía a estos pequeños animalito que mimaba, los bañaba, los engordaba, solo por el placer de comer crustáceos fuera de temporada como los burgueses, aunque ella no sabían de esas cosas, porque los cangrejos con frijoles los comían negros e indios, mestizos, ricos y pobres. Bueno eso era antes. Ahora son prohibitivos en la dieta de los que viven en las casas de palo, de barro y piedra. 
Los más pobres, los indios, guardaban las cáscaras secas que enlazaban a un mecate como collar que pendía ahumado sobre el fogón para irlas machacando en la chirmolera, con ajo, chiles y tomates, cada vez que él hambre apretaba la panza o querían saborear la dulce música que provoca la ausencia del oleaje del mar.

Lic.Misael Habana de Los Santos.

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