23 jul. 2018

¿La cuarta transformación de México?

Como candidato y, después del 1 de julio de 2018, virtual presidente, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) viene diciendo -a todos los electores de buena fe- lo que él y sus seguidores acríticos llaman la “cuarta transformación de México”. Tan dudosa propuesta merece ser explicada con rigor desde el materialismo histórico y dialéctico del por qué y cómo se desarrollaron los movimientos armados que dieron origen a las tres verdaderas transformaciones de México, plasmadas -de una u otra forma- en la historia patria. Censurar el análisis conllevará a un retroceso de la lucha del pueblo mexicano y el envilecimiento de los conceptos filosóficos.

 En campaña, AMLO insistió en que “su movimiento” estaba a punto de alcanzar “la cuarta transformación de México”, señalando como la primera transformación la guerra de independencia en 1810, la segunda transformación la guerra de reforma en 1857 y la tercera transformación la revolución de 1910. Por tanto, de aceptarse el discurso de Andrés Manuel, el pueblo mexicano estaría protagonizando -con AMLO al frente- una cuarta transformación del país, tras derrotar en las urnas a los partidos que se crearon durante el siglo XX y al modelo político, económico y social que se instaló durante 108 años, “sin derramar una sola gota de sangre” (palabras de AMLO). 
 Naturalmente que, si el presidente electo insiste en sostener que su triunfo electoral va a ser categorizado como “la cuarta transformación”, está obligado a explicarle a la sociedad las bases socioeconómicas que sustentan su dicho; porque los datos, que nos proporciona la historia, demuestran que ninguna gran transformación social y política ha ocurrido pacíficamente, sin insurrección armada, como para legar una nueva Constitución que tutele los derechos de los trabajadores y pueblos de México. 
La guerra de independencia nos legó, en 1814, el Decreto Constitucional para la Libertad de la América Mexicana y luego, en 1824, la primera Constitución formal, base de los primeros años del México independiente.
 La guerra de reforma, conocida también como “guerra de tres años”, entregó a la nación la Constitución de 1857. Constitución de avanzada, que entró en vigor después del triunfo de la revolución armada de los liberales contra los conservadores y contra dos naciones intervencionistas, donde Benito Juárez -la figura preferida de AMLO- fue uno de los protagonistas fundamentales que no perdonó a los vendepatrias. 
 El pueblo en armas y los líderes que se incorporaron a la revolución de 1910, heredaron para los años postreros la Constitución de 1917, una Constitución que, al igual que las anteriores, costó la vida y sangre de miles de mexicanos. 
Logró incorporar la exigencia social de las clases populares de aquel entonces, con los revolucionarios artículos 3º, 27, 123 y otros. Sin duda que los siglos de historia nacional, que anteceden al 1 de julio de 2018, bajo el análisis de la lupa del materialismo dialéctico y la lucha de clases -tesis revolucionarias que desagradan mucho al próximo presidente-, nos brindan incontables experiencias que ponen en tela de juicio la conceptualización de la “cuarta transformación de México”. 
 Para el presidente electo, en los tiempos que vivimos, las tesis marxistas respecto a las luchas sociales ya no son válidas, y ha osado decretar la desaparición de la lucha de clases y la economía política (https://www.facebook.com/113798658965844/posts/amlo-refuntando-al-marxismo-y/632778547067850/). 
Don Andrés Manuel sostiene que el origen de la miseria de los trabajadores y la explotación capitalista son de origen moral, de origen ético, y que su base sustancial es la corrupción. 
Lo ha dicho tantas veces y de muchas formas, que termina convenciéndose a sí mismo y a los que le escuchan sin chistarle, al grado que su envilecida tesis es compartida por la otrora mafia del poder y el capital. Con sólo tres meses de campaña y muchos discursos, AMLO podría preparar un bando presidencial que borre de tajo el Capítulo XXIV de El Capital de Carlos Marx (“La llamada acumulación originaria”), para crear su propia tesis mexicana de Economía Política. A contrapelo del capítulo XXIV de El capital (p. 102), el señor presidente electo descubre en el pecado original teológico el verdadero secreto de la acumulación originaria de la riqueza. 
“Adán mordió la manzana y con ello el pecado se extendió a toda la humanidad”. En más o menos unos 108 años, “una élite trabajadora, inteligente y ahorrativa” (la mafia del poder), se enfrentó “a un tropel de descamisados” (30 millones de votantes) que derrochaban cuanto tenían y aún más. 
En la leyenda del pecado original teológico, los ignorantes desarrapados y hambrientos se comieron la manzana y fueron condenados a ganar el pan con el sudor de su frente, pero la historia del pecado original en Economía Política reveló que unas cuantas familias mafiosas no necesitan sudar para comer, seguir acumulando riqueza y compartir el poder. 
 Las leyes del materialismo histórico y dialéctico son contundentes, tal como fueron expuestas por Marx-Engels en varias de sus obras; la frase “la cuarta transformación de México” es de reciente cuño, no tiene sustento, es un sofisma y ya empieza a mostrar su verdadero rostro. 
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RICARDO ROJO